El tiempo no existe. Pero duele.

El tiempo es una estructura mental que nos sirve para organizar las experiencias. No es parte de la realidad, es parte de la razón. Y es también inhumano: inflexible, unidireccional, irreversible. Nos sometemos a su ritmo inexorable y nos provocamos infelicidad. Un concepto cíclico del tiempo sería mucho más vivible. Y salpicar nuestra existencia con experiencias de intemporalidad.
Galileo vs Josué

Cuando Galileo y otros colegas heliocentristas defendían el movimiento de la tierra, eran atacados con argumentos de diverso calibre. Con algo más que argumentos, de hecho. También con el fuego purificador. Pero me centraré en los argumentos.

Los había muy razonables, por qué negarlo. El de la velocidad, por ejemplo. Si la tierra tarda un año en recorrer una órbita alrededor del sol, tiene que viajar por el espacio a una velocidad de 30 km por segundo. ¡Es muy rápido! ¿No deberíamos notarlo? Y si tarda un día en efectuar una rotación completa alrededor de su eje, debe girar a 1.670 km por hora (en el ecuador). ¿No deberíamos marearnos? Yo me mareo por mucho menos. Y no solo eso: deberíamos salir despedidos, como hace el barro adherido a las ruedas del coche cuando aceleramos. Aquí Galileo tenía un problema.

Pero también los había muy poco rigurosos. Paradójicamente estos eran los que más preocupaban a Galileo. El argumento de Josué es muy representativo. Josué  fue un profeta de Israel que luchó contra los amorreos, entre muchos otros. Iba venciendo en la batalla, pero estaba a punto de anochecer y necesitaba más tiempo para rematar la faena. Entonces ordenó al sol que se detuviera en el cielo, y a la luna que no avanzara. Y le obedecieron, o por lo menos eso dice la Biblia (Josué 10:12). Los israelitas consiguieron vencer, y remataron la faena hasta que no quedó ningún superviviente, como se hacían las cosas entonces.

Quienes defendían la idea, antigua y aparentemente razonable, de que la tierra no se mueve, argumentaban que Josué ordenó al sol que se detuviera, y eso quiere decir que el sol se mueve. Si fuera la tierra la que se mueve, hubiese sido a ella a quien le hubiera ordenado detenerse. Y Josué debía saber la verdad. Era un profeta, y por tanto su fuente de información era Dios. Nada menos.

Es fácil entender que frente a este argumento a Galileo le temblaban las piernas, mientras que el anterior le estimulaba las neuronas. Y lo peor es que, como científico, el pobre hombre debía pensar que no valía la pena perder ni medio segundo con la historia de Josué, porque lo que afirma es imposible. No es que sea algo extremadamente improbable. Es imposible, pura y simplemente. Si el sol se puede detener un rato en el cielo para hacerle un favor a alguien, como si fuera el conductor de un autobús que se demora un momento en arrancar porque ve a un pasajero que se acerca corriendo, y luego puede seguir como si nada, todas nuestras creencias sobre el mundo están equivocadas. Habría que echar a la basura la física más elemental, y luego principios matemáticos tan básicos como los que nos llevan a creer que dos y dos son cuatro, y luego principios todavía más básicos, como el que dice que una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo. Porque toda la estructura racional de acuerdo con cual entendemos el mundo, está firmemente trabada por la fuerza de la coherencia. Y si admitimos una excepción rompemos la coherencia, y entonces todo se desparrama.

"Josué ora a Dios para que el sol se detenga". Grabado de Gustave Doré.
Retrato de Galileo, de Justus Sustermans
Negando el tiempo

Esta inflexible coherencia de la razón es inhumana. Nos sometemos a ella porque nos conviene, porque obtenemos enormes beneficios de ella, porque nos permite entender el movimiento de la tierra y el sol, porque gracias a ella podemos ir elevando la esperanza de vida, porque ha hecho posible un éxito evolutivo extraordinario. Es el regalo de Prometeo, y es un regalo envenenado. Es inflexible, no admite excepciones, y nosotros no somos así. La coherencia no forma parte de nuestra naturaleza. Queremos ser racionales, nos esforzamos por adecuarnos a la racionalidad, y no lo conseguimos. Y sufrimos, y somos infelices.

El sol no puede detenerse, y el tiempo aún menos. El sol al fin y al cabo es una “cosa”, y se podría llegar a pensar que es una “cosa rara”. Pero el tiempo… El tiempo es algo aún más básico que las cosas. Es como el recipiente que las contiene. O más bien, como el cauce por el que circulan. Imaginemos que el sol se detiene, y esto provoca un colapso cósmico y todas las cosas desaparecen. El universo pasa a estar vacío. A desaparecer, de hecho, porque no hay mucha diferencia entre decir que no hay cosas y decir que no hay nada de nada. Pero ¿y el tiempo? Parece que el tiempo debería seguir ahí, fluyendo como si nada; parece que los segundos deberían ir sucediéndose aunque no hubiera ningún aparato que lo registrara. El tiempo es lo único que queda cuando no queda nada. El tiempo es indestructible.

El tiempo es indestructible porque no es nada. No es una cosa, eso está claro. ¿Qué es, pues? ¿Qué es lo que hay cuando no hay nada, cuando no sucede nada? ¿Qué sentido tiene pensar que el tiempo sigue fluyendo cuando no se produce ningún suceso, ningún cambio? ¿Qué es lo que sigue fluyendo? Yo creo que si tenemos la seguridad psicológica (es decir, subjetiva, no basada en razones objetivas) de que el tiempo seguiría fluyendo en esa situación, es porque pensamos: “Si yo estuviera allí, notaría el paso del tiempo”. ¡Ah, amigo! Si tú estuvieras allí ya no se darían las condiciones que hemos acordado. Ya habría algo. Estarías tú, respirando. Habría sucesos que irían evolucionando, irían pasando por diferentes estados, y este cambio se podría registrar en la línea del tiempo. Eso quiere decir que si tú estuvieras allí, habrías introducido el tiempo de contrabando. Porque lo llevabas puesto.

El tiempo no existe. Al menos no existe algo que se corresponda con el concepto de tiempo, con el concepto racional de tiempo. El tiempo del que hablamos, el que miden los relojes. El de los científicos. Es solo un concepto, una estructura racional. Nada más. En la realidad pasan cosas, sí, hay cambios, y el tiempo es un concepto muy útil para representarnos lo que sucede, para ordenarlo, para manejarlo con la razón y entenderlo. Pero que sea un concepto muy útil no quiere decir que corresponda a algo que existe realmente. Pensemos en una metáfora. Puede ser muy útil para entender algo, pero no por eso corresponde a algo real.

Por ejemplo, yo digo:

El tiempo es como una estantería donde guardamos las cosas, en el orden en el que van sucediendo, para mantenerlas ordenadas y poder recuperarlas después en el orden en que sucedieron. Pero esa estantería no es una cosa. Está fuera de las cosas. La prueba es que no podemos guardar la propia estantería dentro de ella misma”.

Supongamos que ahora alguien dice: “¡Eureka! Ahora sí que lo entiendo. ¡Podías haber empezado por ahí!”. Yo me disculparía por no haber empezado por ahí, pero luego me alegraría por haber encontrado una metáfora útil. Una metáfora que ayuda a entender algo. Y eso no quiere decir, evidentemente, que el tiempo sea en realidad una estantería. Los conceptos son diferentes de las metáforas en que se encadenan entre sí, unidos por la fuerza de la coherencia, y entre todos construyen nuestra representación racional de la realidad. Pero son iguales a las metáforas en el sentido de que son artilugios que inventamos para entender. El hecho de que tengamos el concepto de algo, y ese concepto sea útil, que “encaje” bien con lo que conocemos de la realidad y con el resto de los conceptos, no quiere decir que ese algo exista en la realidad.

¿El tiempo corre, o da vueltas?

El tiempo no existe, pero duele. ¿Por qué duele? Porque el tiempo racional es inhumano. Porque es regular, unidireccional e irreversible, y estas características chocan con nuestra naturaleza. Nuestro tiempo, el tiempo que vivimos, no es regular. Las cosas buenas pasan rápido, las malas pasan lento. Las aburridas se hacen interminables. El tiempo no tiene la culpa de que nos pasen cosas buenas o malas, pero resta placer a las buenas y añade sufrimiento a las malas. “¡Deja ya de jugar, llevas mucho rato!”. “¡Pero si acabo de empezar!”. “No. Te pusiste a las seis y ya son las siete”. O: “¿Falta mucho?”. “Sí, sólo llevamos diez minutos”. “¡Pues parece que llevemos una hora!”. He puesto ejemplos de conversaciones que se suelen mantener con niños, pero no porque para los adultos el tiempo transcurra de manera más regular, igual cuando estamos entretenidos que cuando estamos aburridos. Lo que pasa es que los adultos no nos solemos quejar. Estamos más resignados. Se supone que sufrir en silencio estas situaciones forma parte de la madurez.

El tiempo es unidireccional. Fluye desde el pasado hacia el futuro, siempre en ese sentido. No se puede retroceder. Y es irreversible. No podemos cambiar lo que ya ha sucedido. “¡Eso no es culpa del tiempo! —dirá alguno—. Las cosas son así.” Hasta cierto punto. Y, en todo caso, el tiempo potencia el sufrimiento, otra vez. Pondré un ejemplo. Salimos con nuestra pareja de fin de semana, y en algún momento sucede algo que provoca una discusión. Y la situación se complica. Que si tú dijiste, que si yo no quería, que si yo no dije, que si tú hiciste… Se nos escapa de las manos y se arruina el fin de semana. Tal vez incluso se pone en peligro nuestra continuidad como pareja. Hasta entonces todo iba bien, estábamos encantados. Pero después pasan los días, reflexionamos los dos, vemos que todo ha sido una tontería, nos reconciliamos, queremos volver a estar como antes, e incluso decidimos borrar el mal recuerdo volviendo a ir de fin de semana al mismo lugar. Pero esta vez nos conjuramos para pasarlo bien. Lo conseguimos, todo sale perfecto, y volvemos más enamorados que nunca.

Ahora propongo un experimento mental difícil. Supongamos primero que lo que acabo de explicar ha sucedido en un universo en el que existe (creemos que existe) el tiempo unidireccional e irreversible. Ésta es la parte fácil, porque este universo es el nuestro. Queríamos borrar el mal recuerdo de algo que desearíamos que no hubiera sucedido. Y parece que lo hemos conseguido. ¿Sí? ¿De verdad? Lo que ha sucedido ha sucedido, no se puede volver atrás, no se puede cambiar. Por mucho que digamos que hemos borrado el mal recuerdo, sabemos perfectamente que estuvimos allí en unas determinadas fechas, que pasó lo que pasó, y que fue un desastre. Luego volvimos y fue la gloria, pero eso ya era otra vez, en otras fechas. Lo otro también pasó.

Ahora viene la parte difícil: hay que suponer que no tenemos ese concepto de tiempo unidireccional e irreversible. Pero ¿es que puede haber otro? Sería demasiado largo entrar ahora a fondo, pero podemos imaginar que tengamos un concepto cíclico del tiempo. Las cosas se van repitiendo una y otra vez, y cada vez es lo mismo, pero distinto. No es una concepción extraña. Incluso es más natural que la unidireccional. Cada mañana nos despertamos y empieza un nuevo día. Ayer hubo otro día, pero el que importa ahora es el de hoy. Cada invierno hace frío, pero luego llega el verano y comemos helados. Y nos quejamos del calor que hace, como si fuera la primera vez. Nuestra vida es cíclica, el universo es cíclico, nuestras experiencias son cíclicas.

Pues bien: si tuviésemos esa concepción cíclica del tiempo, ¿qué pasaría con la pareja reconciliada? Es difícil decirlo, porque no podemos desprendernos por completo de nuestra concepción del tiempo unidireccional, pero creo que podemos suponer, o intuir, que en su universo conseguirían borrar el mal recuerdo de una manera más eficaz que nosotros. Y por tanto serían más felices. Cada día volvería a empezar todo, para ellos. Cada fin de semana se superpondría al anterior. Y a cada repetición, a cada inicio de ciclo, tendrían la oportunidad de hacer las cosas de una manera diferente. Y la vez que contaría sería la actual, la de ahora, la última.

Cuesta imaginarse habitando ese universo donde el tiempo es cíclico, pero si lo intentáis ¿no sentís una gran liberación, un gran alivio? Pues la buena noticia es que el tiempo unidireccional e irreversible no existe, es sólo un concepto. Por tanto, en cierta forma somos sus esclavos por voluntad propia. Yo he escrito “ese universo donde el tiempo es cíclico”, pero he sido inexacto, por simplificar. Debería haber escrito “ese universo donde el concepto de tiempo es cíclico”. No es un universo diferente. Es un universo como el nuestro donde la gente piensa de manera diferente. Por tanto, podría ser nuestro universo si cambiásemos nuestra manera de pensar. En principio no hay ninguna razón para que no podamos intentar pasarnos al tiempo cíclico. No sería tan fácil como cambiar de operador telefónico, pero podría intentarse.

En otro momento desarrollaré más a fondo este asunto del tiempo cíclico. Ahora, para acabar, señalaré otra posibilidad todavía más radical, a la que alguna vez he hecho referencia y que también queda pendiente de desarrollo: la posibilidad de detener el flujo del tiempo. No os hagáis ilusiones, no estoy planteando la vida eterna ni nada parecido. Me refiero sólo a la cualidad que tienen algunas experiencias de hacernos olvidar la presencia inflexible del tiempo. Hablo de experiencias que todos tenemos alguna vez, ¿eh? No penséis tampoco que os voy a desvelar alguna misteriosa modalidad de meditación tibetana o de ritual chamánico para obtener experiencias sobrenaturales. Todos tenemos alguna vez esas experiencias de las que hablo, pero quizás no tan a menudo como sería deseable. Y, sí, en realidad tienen algo de sobrenatural, pero la mayor parte de las veces no llegamos a darnos cuenta. Nos aferramos al tiempo, en vez de soltarnos y gozar de la intemporalidad. Deberíamos buscarlas, detectarlas cuando suceden, y sacarles todo el provecho que podamos.

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