A favor de los aniversarios

La celebración de los aniversarios es arbitraria y convencional. Pero recordar un acontecimiento excepcional, y revivirlo, nos permite recuperar todo lo bueno que aquello nos aportó, la ilusión, la energía, la visión luminosa que un día nos hizo cambiar. La celebración de un aniversario es una pequeña victoria contra la regularidad del tiempo y contra su irreversibilidad.
A primera vista parece un poco absurdo, celebrarlos

Qué tontería celebrar los aniversarios, ¿no? ¿Qué más da que algo sucediera hace 365 días, o 366, o 200 o 1000? El calendario dice que hoy es el día del año en que naciste, pero… tú no lo recuerdas. Vale, te alegras de haber nacido, lo que quieres celebrar es que estás vivo. Pero deberías alegrarte y celebrarlo cada día. Puede ser que haya días especiales, días en que, por ejemplo, vives algo extraordinario y te sientes afortunado de haber estado ahí para disfrutarlo. Esos días sí que estará justificado celebrar que has nacido. Pero si lo único que sucede es que el calendario dice que hoy es el día en que naciste, ¿qué aporta eso de especial, a tu vida?

Lo mismo podría decirse de los aniversarios de una pareja. Deberían alegrarse de estar juntos cada día, y no solo cuando celebran un aniversario. Si la persona que me quiere me hace un regalo, me gustaría que fuera porque le apetece, porque me quiere demostrar que le importo, porque quiere verme contento, porque le sale de dentro. Pero no porque el calendario dice que hoy toca hacerlo. El colmo del absurdo se da en esas parejas que siguen juntas pero que en el fondo ya no se quieren. El día del aniversario tienen que fingir que se alegran de estar juntos cuando lo que les alegraría de verdad sería estar separados. Se hacen un regalo por obligación, tal vez incluso hacen el amor por obligación. Porque el calendario dice que toca. Absurdo, ¿no?

La celebración de los aniversarios es arbitraria y convencional: eso no se puede negar. Igual que sucede con las fiestas, sean del tipo que sean: nos sentimos obligados a estar alegres cuando puede ser que no tengamos ningún motivo para estarlo. Lo mismo que pasa en Navidad, cuando nos sentimos obligados a ser buenas personas y tener buenos sentimientos hacia los demás, aunque tal vez el resto del año seamos unos miserables.

Algo arbitrario y convencional, algo que nos obliga a fingir sentimientos y estados de ánimo, difícilmente puede pensarse que sea bueno. Va en contra del comportamiento sincero y espontáneo, natural, que siempre parece preferible. Pero… ¿no habrá algo de bueno, en el fondo? Todo el mundo celebra los aniversarios, así que ¿no puede ser que aporten algo positivo? ¿Por qué será que todo el mundo los celebra?

No todos los días son iguales

Creo que los aniversarios tienen un sentido, y ése es el motivo por el que todo el mundo los celebra. Ya he explicado que el tiempo no existe, pero duele. Y duele porque es inhumano: regular, unidireccional e irreversible. Nos obligamos a dividir nuestra vida en intervalos regulares, meses, días, minutos, que son independientes de lo que suceda en ellos, que avanzan sin parar, que dejan atrás todo lo que ha sucedido, sea bueno o malo, que nos impiden rectificar lo que hemos hecho, sea malo o bueno. El cartero nunca llama dos veces. Y nos sometemos a esa medida inflexible, y sufrimos por ello.

Pero… tal vez estoy exagerando. La regularidad del tiempo que miden los relojes es arbitraria, eso sí. Si los intervalos básicos fueran, por ejemplo, el periodo durante el que es de día y el periodo durante el que es de noche, el tiempo no sería regular (¡en el ecuador sí!): el intervalo-día sería mayor que el intervalo-noche en verano y menor en invierno. Pero que el tiempo sea unidireccional, es decir, que siempre avance hacia el futuro, y que sea, en consecuencia, irreversible, es decir, que no pueda volverse a un instante anterior, eso no parece que sea arbitrario. Parece que, simplemente, el universo funciona de esa manera. El tiempo va hacia adelante y no puede volverse atrás. No lo hemos inventado nosotros.

Yo creo que sí. Estamos tan absolutamente impregnados de ese concepto de tiempo que nos parece imposible que el discurrir del universo pueda concebirse de otra manera, pero la verdad es que todo está volviendo a empezar continuamente. El día vuelve a empezar cada mañana. La primavera vuelve a empezar, la nieve vuelve a llegar, vuelvo a tener hambre, vuelvo a tener sueño. “Pero el día que ha empezado esta mañana es diferente del día que acabó anoche”, estará pensando más de uno. Bueno, es diferente y no lo es. Es un día, también. Saldrá el sol, ascenderá por el cielo, luego descenderá y luego se ocultará. Y yo volveré a tener hambre y volveré a tener sueño. Aunque tal vez hoy está nublado y ayer hizo sol. Es decir: todos los días son iguales en algunos aspectos y diferentes en otros.

Sucede que exageramos las diferencias para afirmar tajantemente que cada día es diferente. Le ponemos un nombre, le asignamos un número, y así lo identificamos como algo singular, como un perro o una persona, que tienen cada uno su nombre y son diferentes. Pero ¿y si nos centramos en el parecido? Si llevamos una vida rutinaria, no habrá mucha diferencia entre unos y otros. “¡Todos los días son iguales!”, se dice a veces. En realidad lo que hace que un día sea diferente del otro no es su número o su nombre, sino su contenido. Perfectamente podríamos pensar que todos los días son el mismo día con algunas variaciones.

Soy consciente de que parece que esté haciendo prestidigitación intelectual. Parece que esté haciendo juegos de manos para entretener a los lectores con argumentos superficiales más o menos razonables, y que no vean cómo meto en el sombrero el conejo que acabaré sacando. ¿Qué importancia tiene que pensemos que cada día es el mismo día pero con algunas variaciones, o que pensemos que cada día es diferente, aunque a veces se parecen unos a otros? Nuestra vida es la misma en los dos casos. Lo que nos sucede o deja de suceder es lo mismo, al fin y al cabo.

No del todo. Igual que estamos impregnados del concepto de tiempo que miden los relojes, que es el tiempo “científico”, estamos también impregnados del concepto “científico” del universo, y —lo que es peor— del concepto “científico” de nuestra propia vida. Me apartaré de la venerable tradición filosófica que hace que cada filósofo invente una nueva terminología cuando piensa que tiene algo nuevo que decir, y utilizaré el término “fisicalismo” para llamar a esta actitud. Significa básicamente que solo son reales los fenómenos físicos. La actitud fisicalista nos hace pensar que nuestra vida es la suma de los acontecimientos físicos que nos suceden, es decir, de aquellos que podrían formar parte del informe de un científico que perdiera el tiempo en describirla. Si entro, salgo, subo, bajo, voy aquí o allá, eso forma parte de mi vida. Si digo unas palabras, eso forma parte de mi vida. Si la persona que me escucha dice otras palabras y yo las escucho, eso también forma parte de mi vida, y lo mismo con la conducta que tengo como reacción a las palabras que escucho.

Ahora imaginemos que las palabras que yo he dicho han sido “Te quiero”. La otra persona ha respondido algo, y yo he actuado de terminada manera al oír su respuesta. La descripción “científica” de lo que ha pasado, ¿sería la descripción real y auténtica de ese fragmento de mi vida? No. Faltaría mi actitud, faltarían mis emociones, faltarían mis sentimientos. Todo eso forma parte de mi vida, pero no formaría parte del informe del científico que lo está observando. La descripción fisicalista de lo que hacemos y decimos no es una descripción completa de nuestra vida.

Revivir para reconectar

Volvamos a la comparación entre los días, a si son iguales o diferentes. De acuerdo con la actitud fisicalista el reloj no para, el calendario no se detiene, y el 5/7/2017 es diferente del 6/7/2017. Si el 5/7/2017 cometí un error, ese error quedará para siempre asociado a ese día, y nunca podré borrarlo. Si viví una experiencia extraordinaria, allí quedó. Hoy puedo recordarla, pero fue ayer cuando la viví, y ayer ya ha pasado, y hoy no volverá a suceder.

Pero si nuestra actitud ante el tiempo es que cada día se repite el mismo día, entonces mi vida vuelve a empezar al despertarme y todas las posibilidades están abiertas. Lo que hice ayer va a ser sustituido por lo que haga hoy, y hoy tengo la oportunidad de hacer las cosas mejor, o de otra manera. Es solo un cambio de mentalidad, pero yo creo que es liberador, porque nos libera de la carga insoportable del pasado.

Ahora imaginemos que un día determinado vivo una experiencia extraordinaria. Ese día no es igual que los demás, no se aplica aquí la regularidad del tiempo. Ha sido un día singular, único, con un peso mayor que la mayor parte de los otros días. Mi vida no es una secuencia de intervalos iguales, como los espacios entre las traviesas de una vía férrea. Algunos de esos intervalos son luminosos, mientras que otros son oscuros. Ninguno de ellos existe ya, todos forman parte del pasado, pero algunos me alegro de que hayan acabado y en cambio otros me gustaría revivirlos. Lástima que no pueda hacerlo.

¿No puedo hacerlo? Una vez dije “Te quiero” y así empezó algo extraordinario en mi vida, aunque el científico/fisicalista que lo describa no es capaz de registrarlo. No puedo repetirlo, pero puedo revivirlo. Si no lo hago, el paso del tiempo, los días que se van sucediendo y superponiendo los unos a los otros, irán desdibujando, y borrando, al final, aquel acontecimiento extraordinario. Si lo revivo no será lo mismo que cuando lo viví, está claro, pero me aproximaré, porque aquello provocó un impacto tan fuerte que todavía está ahí, si lo busco, si lo recuerdo. Si recuerdo lo que pasó, y revivo lo que sentí, recuperaré la cualidad especial de aquel momento. Y no solo eso. Al revivir el momento, recuperaré también el influjo que aquello tuvo sobre mí. Un acontecimiento extraordinario nos cambia la vida, pero luego los días se van apilando, cargado cada uno con sus afanes y problemas particulares, y es fácil que perdamos el rumbo. Que nos desorientemos. Revivirlo nos reconecta con la fuente del cambio y nos impulsa otra vez en la dirección que tomamos aquel día. Éste debe ser el sentido de la celebración de los aniversarios: recordar, recuperar, revivir, reconectar.

El concepto científico/fisicalista del tiempo nos lleva a ignorar que los días son diferentes unos de otros por su contenido, que es lo que importa. Hay días singulares porque en ellos ha sucedido algo extraordinario, y esta singularidad altera la regularidad del tiempo. Parece que esté diciendo algo muy extraño y que atenta contra aspectos básicos de la explicación científica del universo, pero no es así.  El tiempo era regular para Newton, pero ya no lo es desde la teoría de la relatividad de Einstein: se acelera o decelera en función de la velocidad. Y tampoco es regular el espacio. Una trayectoria rectilínea no es posible en el universo, porque las masas de los cuerpos deforman el espacio y atraen a todo lo que viaja en sus proximidades, aunque solo sea un fotón de luz.

Esta imagen del universo relativista es muy adecuada para transmitir mi visión sobre el tiempo y los aniversarios. Nuestros días se van sucediendo, pero no de forma lineal sino de forma circular. Porque vivimos en ciclos: cada mañana empieza un nuevo día, cada solsticio de invierno empieza un nuevo año. Los días que vivimos tampoco son regulares, porque su contenido es diferente. El contenido de algunos días es tan extraordinario que, como la masa de un gran cuerpo sideral, nos atrae cuando, una vez al año, volvemos a pasar por la misma fecha. Y no podemos considerar el día de hoy igual que el día de ayer si el día de hoy es la fecha en que aquello sucedió.

Nacer, celebrar y renacer

Celebrar los aniversarios es natural, como despertarse o comer. Y es bueno, porque nos reconecta con los momentos singulares de nuestro pasado y nos hace recuperar la ilusión, la energía, la alegría, que en un momento dado tuvimos y que todavía retenemos. Rompe con la linealidad del tiempo, rompe con su irreversibilidad. Porque si hoy soy capaz de volver a decir “Te quiero” y volver a sentir lo que sentí hace un año, o dos, o diez, lo que sucedió aquel día no es algo que pasó para no volver. Es algo que viví una vez y vuelvo a vivir hoy, y puedo volver a vivir muchas más veces.

Por último: ¿Y el aniversario del nacimiento? Lo que sucedió aquel día no lo recuerdas. Celebrarlo es convencional, es cierto. Todos los aniversarios tienen algo de convencional, no digo que no. Lo que digo es que tienen mucho más de positivo, de útil para mejorar nuestra vida, o para no perder lo que hay de bueno en ella.  Celebrar el aniversario del nacimiento es celebrar que estoy vivo, y la efeméride me debería servir para recordarlo, y para plantearme si realmente estoy viviendo con plenitud. No solemos pensar en cómo vivimos nuestra vida, simplemente vamos dejando que transcurra un día detrás de otro. Todo aniversario debería comportar una especie de “reset”, un volver a empezar, un poner el contador a cero. Un renacimiento. Liberarse de las cargas que nos resultan demasiado pesadas, recuperar todo lo bueno y positivo que hemos obtenido hasta ahora, y lanzarnos a aprovechar la oportunidad que volvemos a tener por el hecho de seguir vivos.

El tiempo de los relojes y calendarios nos esclaviza. Los aniversarios nos liberan, porque alteran su monótona e insoportable regularidad y quiebran su irreversibilidad inhumana.

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