El yo (1) ¿Yo soy mi cuerpo?

Conocemos el yo a través de la conciencia, que parece ser una mirada interior, y eso nos hace pensar que el yo es algo inmaterial, ya que los órganos de los sentidos no sirven para percibirlo. Pero no puede ser inmaterial, porque entonces no podría comunicarse con el cuerpo material. Tiene que compartir propiedades con la materia para que haya comunicación con ella. Por tanto decir que el yo es espiritual es engañoso. Es más acertado decir que es materia consciente.
Una mirada al interior

Hay cosas que conocemos muy bien pero cuando intentamos explicarlas no sabemos cómo hacerlo. El tiempo es una de esas cosas. Todo el mundo sabe lo que es, pero nadie lo sabe realmente. Ya he escrito bastante sobre el tiempo, y volveré sobre él. Hoy le toca a otra realidad todavía más próxima pero igual de difícil de entender, si no más: el yo.

Es un tema que da mucho de sí, y como tengo mucho que decir y no quiero escribir un texto interminable, voy dividirlo. Inicio aquí una serie. En esta primera entrega reflexionaré sobre qué tipo de cosa es el yo, si una mente, un cuerpo, un cerebro, un espíritu, una combinación de alguna de estas cosas, o ninguna de ellas. Veamos.

Yo sé quién soy; tengo conciencia de mí mismo. Las piedras sin duda no lo saben. Los animales, es más dudoso: algunos puede parecer que sí, otros lo más probable es que no. En todo caso tendemos a pensar que en los animales que pueden tener una cierta conciencia de sí, esta no es igual a la nuestra. “El hombre es el ser que sabe que va a morir”, decía Heidegger. Ser conscientes de que somos mortales es una diferencia importante. La conciencia del yo parece que ha alcanzado su máxima expresión en el ser humano.

¿Qué es la conciencia? Todo el mundo está de acuerdo en que la conciencia es una especie de capacidad de mirar hacia dentro y saber así lo que pasa en nuestro interior. Es una descripción metafórica, claro. Ese “dentro” no es un “dentro” físico o geométrico. Si atendemos a la concepción más clásica, que sería en la que estarían de acuerdo todos los que no han reflexionado mucho sobre el tema y también algunos de los que lo han hecho, esta mirada interior sería como una especie de luz que ilumina lo que hay allí dentro y nos permite verlo. Seguimos con las metáforas. La idea aquí es: yo soy algo, y soy de una manera determinada, y tengo unas características determinadas, como las tiene por ejemplo una piedra, pero a diferencia de la piedra, en mi caso lo que soy realmente “por dentro” no se ve a simple vista. Hace falta una facultad especial, que se parece a la vista porque también sirve para captar lo que hay, pero que funciona en ese entorno especial y misterioso, en ese “por dentro”. Esa facultad es la conciencia.

Está aquí implícita la idea de que lo que yo soy realmente es ese algo que está “por dentro”. Yo tengo piernas y brazos, y una cara, y los demás saben que soy yo por ese aspecto físico, pero yo mismo no tengo que mirarme al espejo para saber quién soy. Yo tengo un acceso directo, inmediato, a mí mismo; no me hace falta nadie ni nada para percibirme. Y esos brazos o esas piernas, incluso esa cara, son míos pero no son propiamente yo: puedo perder brazos y piernas, o modificar mi cara, y seguiré siendo el mismo. Quizás los demás no me reconocerán, pero yo seguiré sabiendo que soy yo. “Yo no soy mi cuerpo”, resumió  Descartes.

"Descartes en la corte de la reina Cristina de Suecia", de Pierre Louis Dumesnil. Descartes está de pie junto a la mesa de la derecha.
Cuerpos y almas

De acuerdo, pero si no soy mi cuerpo, ¿qué soy? Algo diferente, hecho de un material diferente. Para verme no me hace falta la vista, me hace falta la conciencia, y esa conciencia solo permite que me vea yo mismo, no sirve para ver cosas. Conozco las cosas a través de los sentidos, pero conmigo no me hacen falta. Ni siquiera me hacen falta para saber lo que le pasa a mi cuerpo. No me hace falta mirarme al espejo y ver que tengo una expresión de dolor para saber que me duele algo, como haría con otra persona, sino que percibo directamente mi dolor a través de la conciencia.

Esta manera de entender la conciencia del yo, que resulta bastante natural, lleva a pensar en la existencia del espíritu, o alma, como le queramos llamar. Si no soy mi cuerpo entonces soy otra cosa, llamémosle X, o alma, o espíritu, que no se ve ni se toca sino que se percibe mediante la conciencia, y cada uno solo puede percibir la suya y no la de los demás. Es una explicación construida por analogía con la visión, como he ido mostrando: si miro y veo una piedra es que hay una piedra; si miro con la conciencia y percibo el yo, es que hay una cosa que es el yo. Una cosa que no es material, porque no se ve ni se toca, y por tanto es inmaterial, y eso es lo que queremos decir cuando decimos que es espiritual.

Esta manera de entender la conciencia del yo, que resulta bastante natural, está necesariamente equivocada. Esto que digo no es una opinión: es una evidencia. No puede haber en mí dos partes, una material y una inmaterial, con las características que atribuimos respectivamente a las cosas materiales y a las inmateriales, porque entre una parte y la otra no podría haber conexión. Y de hecho esta conexión existe: yo deseo mover un brazo y lo muevo; me pinchan y siento el dolor. Si mi deseo se transmite del espíritu al cuerpo y mi dolor se transmite del cuerpo al espíritu, ¿por dónde se transmiten? Tiene que haber algún punto de contacto, algún interfaz, pero ¿cómo puede ser ese punto de contacto? Sobre todo: ¿será material o inmaterial?

Concretando un poco para que se entienda mejor: parece que en nuestro sistema nervioso y en nuestro cerebro la información se transmite mediante impulsos electro-químicos. Da igual que sean estos u otros; lo fundamental aquí es que tienen que ser impulsos físicos. Para que un músculo se mueva tiene que recibir alguna señal física. El músculo es materia, no es espíritu; sabemos perfectamente de qué está formado. No es una parte esencial de mí, no forma parte del espíritu, porque si me lo extirpan yo sigo siendo yo. El músculo es material y solo puede entender el lenguaje de los impulsos materiales. Pero con el espíritu pasa lo contrario: no es material, no se puede ver ni tocar, es inimaginable que un día un cirujano se lo encuentre cuando está extirpando un tumor cerebral. Si no es materia no puede generar un impulso físico, y no puede hacer llegar a mi cuerpo la señal para que éste se mueva, ni recibir de éste ninguna señal sobre su estado.

Utilizando una terminología alineada con la tecnología actual: entre cuerpo y alma no puede haber un interfaz porque las dos partes del conector a través del cual se transmitiría la información serían de materiales tan diferentes que no harían contacto entre sí. O bien: ningún receptor material puede recibir una señal producida por un emisor inmaterial, y a la inversa. Descartes propuso unos “espíritus animales” para hacer de mensajeros, pero es una solución imposible. Estas “entidades” tendrían que tener un lado material, para comunicar con la materia, y un lado espiritual, para comunicar con el espíritu. Pero entonces ¿cómo comunicaría entre sí el lado material con el inmaterial? Esta solución no hace más que trasladar el problema de un lugar a otro, como hacen a veces las autoridades con el tráfico de drogas cuando los vecinos protestan demasiado. Lo mismo podría decirse de algún tipo de señal “inalámbrica”, como unas ondas que el cuerpo pueda emitir y el espíritu recibir. Las ondas tienen algo de etéreo porque no podemos verlas, y alguien podría pensar que son la solución del problema. Pero esas ondas (o “flujo” similar) tendrían que ser materiales, como lo son todas las que conocemos, para que el cuerpo las pudiera manejar. Pero si fueran materiales el espíritu no podría hacer nada con ellas. No hay solución.

Así pues esta concepción dualista (así es como se llama en filosofía) está equivocada. Pero hay que llevar mucho cuidado con las consecuencias que se extraen del hecho de que esté equivocada. No quiere decir que no exista la materia ni que no exista el espíritu. Solo quiere decir que yo no puedo estar formado de materia y espíritu. Y eso tampoco quiere decir necesariamente que yo esté formado solo por materia, como piensan muchos, ni solo por espíritu, como también piensa alguno. Solo quiere decir que ese par de conceptos no son adecuados para explicar el yo. La explicación dualista no funciona. No explica lo que tiene que explicar, porque para explicar algo que no entendemos afirma algo que no puede ser. Para que la explicación funcione habrá que cambiar algo. Y quizá nunca funcione si nos obsesionamos en utilizar esos conceptos. El concepto de materia funciona muy bien con la realidad física, pero algunas capacidades del ser humano son tan diferentes de las características de las cosas claramente materiales que quizá no pueda entenderse bien lo que es el ser humano si el concepto de materia forma parte de la explicación. Y a la misma conclusión, aunque por otro camino, podría llegarse con respecto al espíritu.

Victor Wang, "Concealment"
Escena de la película "Blade runner" en la que Roy, el líder de los replicantes, está a punto de morir. Cuando lo haga la paloma que sujeta volará libre.
La conciencia de la materia

No somos materia y espíritu, eso es seguro. Entonces, ¿qué somos? Desde un punto de vista científico somos solo materia. Pero parece que la facultad básica y esencial que estamos analizando, la conciencia del yo, es algo que difícilmente puede explicarse a partir de la materia. La materia no es consciente. Y sin embargo la conciencia va ligada a la materia: determinadas alteraciones en el cerebro, que es material, puede alterarla también, o incluso suprimirla. Tenemos, pues, una materia que produce algo que parece que no pueda ser producido por la materia.

Es una situación sorprendente, pero no tanto si miramos otros ámbitos de la naturaleza. La vida, por ejemplo. Los seres vivos están formados de materia. La materia los hace vivir y la materia los hace morir. Pero son de naturaleza esencialmente diferente a la materia inanimada. Tanto que algunos filósofos, como por ejemplo Aristóteles, pensaron que todos los seres vivos han de tener alma. La materia inerte, cuando se organiza de una determinada manera, produce materia viva. Pero este “tratamiento” que requiere la materia inerte para convertirse en viva es tan especial que todavía no ha podido ser reproducido por la ciencia: podemos combinar diversos elementos para producir otros nuevos, incluso descomponer los átomos de que están formados, pero no podemos crear vida. Así pues, resulta evidente que el concepto “materia” es demasiado amplio. En cierto sentido todo es materia, y por tanto el concepto no es muy significativo. Hay que distinguir entre materia inerte y materia viva, o materia inorgánica y materia orgánica, a fin de que quede suficientemente clara la diferencia radical entre ambos tipos de materia. Y la distinción es tan importante que no estaría fuera de lugar utilizar palabras distintas para referirse a conceptos que son tan diferentes.

Y parece que a estos dos tipos de materia habría que añadir un tercero, al que podríamos llamar materia consciente. El ser humano es materia consciente. O más bien su cerebro lo es, ya que solo lo que afecta al cerebro altera también la conciencia. Esta materia consciente sería un tipo de materia viva organizada de una manera tan especial que produce un resultado muy diferente de aquello de que está compuesto, como pasaba con la materia viva con respecto a la que no lo es. El cerebro está formado por neuronas, y éstas se componen de elementos químicos, pero la forma en que todo ello está organizado produce una entidad de naturaleza diferente a la de sus componentes. Podríamos decir que la conciencia aparece “mágicamente” en el cerebro humano a partir de la materia viva, como la materia viva aparece “mágicamente” en los seres vivos a partir de la materia inanimada. Entrecomillo “mágicamente” porque no quiero decir que de hecho intervenga la magia, sino solo que por el momento no acabamos de entender donde está el truco.

Alguien podría decir: ya que esa “materia consciente” es tan radicalmente diferente de la materia inanimada, y ya que posee capacidades tan radicalmente diferentes, ¿por qué seguir diciendo que es materia? Sería menos confuso decir que es otro tipo de cosa, por ejemplo espíritu. Bueno, respondo, en parte es cuestión de palabras. Acabo de proponer que cambiemos el nombre a la materia viva, por tanto no podría oponerme a que se cambiase también el nombre a la materia consciente. Pero sí quiero resaltar que, la llamemos como la llamemos, esa “cosa” es materia, porque si no lo fuera no podría interactuar con el cuerpo material. Estaría dispuesto a aceptar, por ejemplo, que se dijera que los humanos tenemos espíritu, que el espíritu aparece a partir de la materia, y que retiene suficientes propiedades de esta materia como para poder interactuar con ella. Estaría dispuesto a aceptarlo, pero no soy nada partidario porque me parece confuso, e incluso paradójico. “Espíritu” es un concepto muy antiguo cuyo significado arrastra toda una serie de características, y una de estas características, quizá la fundamental, es que el espíritu no es material, sino que justamente es lo contrario a la materia. Es un concepto que no se define haciendo referencia a algo que podamos ver, es decir, no podemos enseñar a un niño su significado señalando algo y diciéndole “eso es un espíritu”, sino que se define a partir de la negación de las características de la materia. En su definición tradicional el espíritu no comparte absolutamente nada con la materia, excepto que existe, para quienes así lo creen. Por tanto podemos buscar para la materia consciente algún otro nombre que no incluya la palabra “materia”, pero será mejor que ese nombre no sea “espíritu”.

Acabo, por ahora. Acostumbrados como estamos a la dualidad cuerpo/alma, quizá esta explicación de lo que es el yo no nos deja muy satisfechos. Parece que la pregunta “¿qué tipo de cosa es el yo?” no queda respondida del todo diciendo que es materia consciente. Pero de momento no podemos ir mucho más allá. Espero que las entregas siguientes enriquezcan suficientemente esta caracterización inicial.

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