Un ingrediente de la felicidad

A partir de la caracterización que hace Stuart Mill de la felicidad, y combinándola con el concepto de experiencia-cumbre de Maslow, podemos concluir que un ingrediente básico de la felicidad es vivir experiencias extraordinarias en las que la racionalidad queda superada.

A la felicidad por la filosofía

Todos buscamos la felicidad. Los filósofos también. Los filósofos son personas que se dedican a reflexionar sobre problemas filosóficos. Pero hay un gran malentendido con respecto a ellos. Mucha gente piensa que los problemas filosóficos son problemas muy especializados, como los que tratan los bioquímicos o los astrofísicos, y que por tanto es necesaria una gran formación (filosófica, en este caso) para abordarlos. No es así. Los problemas filosóficos son problemas que todo el mundo se plantea y que, por tanto, todo el mundo puede entender. La única diferencia entre un filósofo y alguien que no lo es radica en que el filósofo se especializa en el estudio de esos problemas, cosa que no hacen las personas que no son filósofos. Por tanto la diferencia está en el tiempo y esfuerzo que dedican a estudiar determinados problemas, y no en los problemas en sí mismos. Podemos compararlos con futbolistas profesionales: a mucha gente le gusta jugar a fútbol y mucha gente lo hace a menudo, pero algunas personas se dedican a tiempo completo y, lógicamente, lo hacen mejor. La diferencia está en la dedicación (y tal vez en las facultades físicas), no en el futbol en sí. Porque el deporte al que juega el domingo por la mañana un aficionado en un campo de tierra o césped artificial con el equipo de su barrio es el mismo que al que juega el profesional por la tarde con el equipo de la ciudad.

Es cierto que la especialización origina diferencias de nivel, y si un equipo aficionado se enfrenta a uno profesional, pueden tener la sensación de que no están jugando al mismo juego. Por mucho que lo piensan no entienden cómo les robó la pelota el defensa o por dónde se la pasó el delantero. Eso mismo puede pasar en filosofía. Una persona sin preparación filosófica puede no entender ni siquiera el lenguaje en el que se expresa el filósofo profesional (como un paciente puede no entender el lenguaje en el que le explica el médico su enfermedad), y por tanto pensará que los problemas de los que habla el filósofo son problemas tan complejos y especializados como su jerga. Porque hay que decir que los filósofos no lo ponen fácil, en general. Nietzsche calificaba al filósofo como “el más soberbio de los hombres”. Debía saber de lo que hablaba. El uso de un lenguaje especializado cuando se profundiza en el estudio de cualquier tema es inevitable, pero los filósofos tienen, además, el feo vicio de inventar un lenguaje propio para explicar sus propias ideas. Tal vez lo hagan convencidos de que no se conseguirá captar la originalidad de sus ideas si utilizan una terminología que ya se ha utilizado antes y que, por tanto, está contaminada por ideas diferentes. O tal vez tuviera razón Nietzsche.

Todos buscamos la felicidad. A todos nos interesa conseguirla. Y éste es uno de los problemas filosóficos más importantes. Es un ejemplo de lo que decía antes: a todos les interesa el problema, solo que los filósofos han hecho de la reflexión sobre este problema y otros del mismo tipo su dedicación profesional. Los resultados de la reflexión sobre la felicidad son muy variados, pero me interesa centrarme en uno determinado. Algunos filósofos han pensado que si de hecho todos buscamos la felicidad, eso implica que la búsqueda de la felicidad debe ser un objetivo fundamental en nuestras vidas. Parece tan de sentido común que muchos pensarán: “¡Pues claro! Para decir eso no hace falta ser filósofo.” Pues claro. Es lo que yo decía.

No solo la excitación hace feliz

El filósofo inglés  John Stuart Mill afirmaba que la felicidad es posible y deseable. Y no solamente es deseable, sino que es, en rigor, la única cosa deseable. Las otras cosas que son deseables lo son en la medida en que sirven para conseguir la felicidad. Y, ciertamente, la mayoría de las cosas que deseamos, salud, amor, dinero, las deseamos porque pensamos, de manera acertada o equivocada, que nos ayudarán a ser felices. Parece razonable.

Pero el mismo Stuart Mill era consciente de que hay gente que desea otras cosas por ellas mismas sin esperar que sirvan para conseguir ningún objetivo diferente, ni bueno ni malo. Es más: hay personas que incluso desean cosas que saben que tendrán consecuencias desagradables. Ponía el ejemplo de la rectitud moral. Quizás no puede decirse de todos nosotros, pero con toda seguridad hay personas que desean comportarse bien moralmente aunque ello les pueda perjudicar. ¿Hay que decir que estas personas desean algo diferente de la felicidad?

Para explicar este tipo de deseos sin renunciar al principio de que la felicidad es la única cosa deseable por ella misma, Mill ofrece una descripción de la felicidad según la cual ésta no es una cosa única, sino que está formada por diferentes ingredientes. Quien desea la rectitud moral no se sentirá feliz si no tiene la certeza íntima de que su conducta es la correcta. ¿Qué desea, por tanto, quien desea ser honesto? Desea ser feliz, pero no como una consecuencia que seguirá a su conducta honesta, sino que felicidad y honestidad son para él inseparables, constituyen una misma cosa. La honestidad es para él uno de los ingredientes de la felicidad, aunque no sea el único. Ojalá también lo fuera para todos.

Además de deseable, Stuart Mill también está convencido de que la felicidad es posible. Afortunadamente, porque nuestra vida sería una frustración continua si la única cosa que deseamos verdaderamente fuera imposible de conseguir. La felicidad es posible, y para convencer a los pesimistas, a quienes piensan que es una aspiración excesiva, Mill decía que habría que tener una idea más clara de lo que es, porque a menudo se confunde con otros estados más o menos próximos. Quienes la ven imposible la confunden con otra cosa, y como esa otra cosa es inalcanzable, piensan que la felicidad es imposible.

La confusión sobre la felicidad que me interesa resaltar es la que dice que la felicidad ha de ser un estado de excitación continua. Los que la ven así creen que para ser felices hemos de estar viviendo continuamente experiencias intensas; cualquier interludio de relajación lo consideran una caída en la infelicidad. Es fácil demostrar que esta concepción es errónea, aunque plantea alguna cuestión interesante, como por ejemplo hasta qué punto son compatibles felicidad y aburrimiento. Pero el experimento mental de la máquina de experiencias, planteado por el filósofo Robert Nozick, es definitivo en este sentido. Supongamos que se construye una máquina tal que nos produce el placer más intenso que podemos imaginar cada vez que nos conectamos a ella. ¿Querríamos estar permanentemente conectados a esta máquina, renunciando al resto de nuestra vida? Por supuesto que no. Y no porque no le demos una gran importancia al placer. De hecho el propio Stuart Mill definía la felicidad en términos de obtener placer y evitar el dolor. Pero queremos experimentar diferentes tipos de placer, vivir diferentes experiencias, concebir proyectos e intentar realizarlos, aunque comporten frustraciones momentáneas o periodos de aburrimiento…

Dice Mill que la felicidad no puede ser un estado de excitación continua, sino una sucesión de estados de excitación y relajación. Podemos buscar una explicación fisiológica, y veremos que los receptores se saturan con estímulos intensos y continuos y que necesitan periodos de latencia para recuperar la capacidad de excitarse. O podemos recurrir a la sabiduría popular, que recomienda acudir con hambre cuando te invitan a un gran banquete. El caso es que los dos elementos, excitación y relajación, parecen imprescindibles para una vida feliz.

John Stuart Mill
Abraham Maslow. By Source, Fair use, https://en.wikipedia.org/w/index.php?curid=34062949
Hasta la cumbre de la felicidad

La felicidad contiene, por tanto, diversos ingredientes. Como en un plato elaborado, cada uno de estos ingredientes proporciona un matiz diferente, y algunos de estos matices excitan más nuestros receptores y otros los relajan y los dejan preparados para gozar de la siguiente porción. Las sorpresas son bienvenidas, y proporcionan una satisfacción por ellas mismas. Pero hay una integración, una cierta unidad, y la sensación que nos produce cada ingrediente viene dada no solo por el propio ingrediente, que tal vez no es gran cosa en sí mismo, sino por la manera como se combina con todos los demás. Extendiendo todavía más este paralelismo entre gastronomía y felicidad: hay personas con gustos diferentes, y por tanto en ninguno de estos ámbitos se puede generalizar excesivamente. Pero hay recetas que en general son bien valoradas por la mayoría. Y también podemos ver que los diferentes ingredientes tienen una importancia diferente, que los hay de más básicos y los hay de menos. En algunas recetas el resultado final apenas varía si sustituimos un ingrediente por otro parecido, mientras que otros son tan básicos que vale más que cambiemos de menú si no disponemos de ellos.

Cambiemos ahora de maestro. El psicólogo humanista Abraham Maslow creó el concepto de “experiencias-cumbre” para referirse a un tipo de experiencias que considera especialmente importantes en la vida de las personas. Hay que recordar que Maslow no concebía la psicología principalmente como una forma de terapia encaminada a curar determinadas enfermedades o trastornos, sino más bien como un conjunto de técnicas encaminadas a ayudar a cualquier persona a gozar más plenamente de la vida, tanto a los que sufren problemas que podrían considerarse trastornos psicológicos como a los que todo el mundo consideraría perfectamente sanos y equilibrados. Utilizaba el término “autorrealización” para referirse al objetivo que quería ayudar a conseguir, y este término evoca inmediatamente los de “vida plena” o “vida feliz”. Simplificaré excesivamente y diré que Maslow trataba de ayudar a la gente a ser feliz, y me atrevo a suponer que no se sería incómodo esta simplificación.

¿Pero qué son las experiencias-cumbre? Mejor que lo diga el propio Maslow:

“… la experiencia de la paternidad, la experiencia de la naturaleza, de la inmensidad, de la mística, la percepción estética, el momento creativo, la comprensión intelectual o terapéutica, la experiencia orgástica, ciertas formas de hazañas atléticas, etc. A éstos y a otros momentos de extrema felicidad y plenitud, los denominaré experiencias-cumbre.”

Otras características de estas experiencias las describe diciendo que:

“La experiencia-cumbre es sentida como un momento autovalidante y autojustificado que contiene en sí mismo su propio valor intrínseco.”

“En todas las experiencias-cumbre usuales que he estudiado, se da una desorientación muy característica respecto al tiempo y al espacio.”

“La reacción emocional en la experiencia-cumbre posee un sabor especial de admiración, pasmo, reverencia, humildad y rendimiento ante la experiencia como ante algo grande.”

“La percepción en los momentos-cumbre muestra una fuerte tendencia a ser ideográfica y no-clasificatoria.”

“Dichos estados o episodios pueden, en teoría, acontecer en cualquier período de la vida de una persona cualquiera. Lo que parece distinguir a estos individuos que he calificado como personas que se auto-realizan, es que en ellos dichos episodios tienen lugar con mucha mayor frecuencia, intensidad y perfección que en el término medio general.”

Creo que las descripciones son tan claras que resulta innecesario que añada algo más. Si ahora ponemos en relación las ideas de Stuart Mill sobre la felicidad con este concepto de las experiencias-cumbre de Maslow, es muy fácil ver que estas últimas podrían considerarse como uno de los ingredientes de la felicidad, pertenecientes a esos estados de excitación que son imprescindibles para conseguirla, aunque no sean los únicos necesarios. Y serían un ingrediente esencial, de acuerdo con el punto de vista de Maslow, porque las personas que se auto-realizan, es decir, que alcanzan una vida feliz, las viven con mucha mayor frecuencia.

Un ingrediente esencial

Este punto de vista sería básicamente el que defiendo yo en este blog. Un ingrediente esencial de la felicidad son esas experiencias que producen desorientación con respecto al espacio y el tiempo, en las que hay una intensa reacción emocional, no racional, una percepción no clasificatoria. Experiencias que se sitúan al margen de la racionalidad, y que seguramente deben su capacidad para contribuir a la felicidad al hecho de que nos liberan momentáneamente del peso insoportable de la razón y nos hacen descubrir que hay otra mirada.

Racionalidad e irracionalidad deben combinarse en una vida feliz. Es imposible concretar las proporciones de la mezcla: ¿cuál es la unidad de medida? ¿Es posible un patrón común que pueda aplicarse a la una y la otra? Y no solo eso. ¿Cómo pueden combinarse, siendo, como son, actitudes mutuamente excluyentes? Puede pensarse que lo ideal sería abandonarse esporádicamente a la irracionalidad, pero sin perder completamente el control, manteniendo en todo momento una cierta vigilancia de la racionalidad. Por si acaso. Pero esa actitud parece imposible, por contradictoria. Si nos abandonamos a la irracionalidad, la racionalidad debe quedar completamente fuera del cuadro. Y si la racionalidad permanece vigilante, la irracionalidad se convierte en una mascota juguetona, en lugar de mostrarse como el animal salvaje que se supone que es.

Stuart Mill y Maslow nos ofrecen una receta interesante. Mantengamos la preferencia por la racionalidad durante los periodos-valle, los momentos de tranquilidad de los que hablaba Mill, y abandonémosla cuando entremos en un periodo de excitación, sobre todo si se convierte en una experiencia-cumbre de las que estudió Maslow.

Mientras nos dedicamos a alcanzar nuestros objetivos cotidianos, o a realizar nuestros proyectos, es fundamental la racionalidad, porque aporta eficacia a nuestras actuaciones. También es importante en la vida social, porque fundamenta las normas de convivencia que son imprescindibles para una vida feliz. Eso no quiere decir que la irracionalidad tenga que estar ausente del todo. La experiencia estética, o los sentimientos y emociones, pueden también hacer su aparición en el contexto de una “normalidad” racional, salpimentándola para hacerla más interesante.

Pero cuando la normalidad se quiebra porque emerge una experiencia-cumbre, buscada o sobrevenida, la racionalidad debe quedar al margen. Ser capaces de marginarla es entonces fundamental, porque es requisito imprescindible para gozar plenamente de la experiencia y para obtener los beneficios que aporta a nuestra vida y a nuestra felicidad. Entregarse, abandonarse, superar el miedo a volar.

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